Por Marco Aurelio
Rodríguez
Me gustaría creer
que Herbert McLuhan, el estudioso de los medios de comunicación, el Sumo Sacerdote de Es posible que el
habla se haya iniciado hace unos 30.000 años, y la comunicación
escrita-alfabética tiene tan solo unos cuatro milenios de antigüedad. Por lo
tanto, la aldea tribal se fundamenta
en una vecindad analfabeta; su persistencia habría sido de unos 26.000 años. La
palabra oral como medio de comunicación estimulaba sensorial y emocionalmente al
oyente, integrándolo de este modo al grupo de pertenencia (clan o tribu). Allí,
la única posibilidad de transmitir experiencias y acumularlas era por medio de
la memoria del grupo. Mc Luhan murió en
1980, pero ya en 1964 advierte de la “retribalización” de la humanidad,
caracterizada por una “restauración armónica” del balance sensorial (vaticinio
de la “aldea global”, donde la “aceleración” provocada por las nuevas
tecnologías tiende a favorecer lo simultáneo, lo orgánico y lo integral): “Los
nuevos medios de comunicación harán que el hombre implosione sobre sí mismo. Al
estar sentado en el cuarto de control de la información, recibiéndola a
velocidades enormes, desde todas las áreas del mundo, los resultados podrían ser
peligrosamente inflativos y esquizofrénicos. Su cuerpo permanecerá en un solo
lugar pero su mente volará hacia el vacío electrónico, estando al mismo tiempo
en todos los lugares del banco de datos. El hombre desencarnado pierde su
sentido de identidad privada pero surgirá con la capacidad de interconectarse
con cualquier persona sobre la faz de la tierra”. Vivimos en un reducido espacio único donde
resuenan tambores tribales. Avizora los sistemas de comunicación en su
textura misma, como si tuvieran base humana: “el sujeto no sólo está en el mundo
con la tecnología, está fusionado con ella”. “La tecnología de
la comunicación ?insiste McLuhan? transforma todas las relaciones sociales y
convierte al mundo en una aldea global, en la que el espacio y el tiempo son
abolidos y los hombres tienen que aprender a vivir en estrecha relación. Se
desarrolla una cultura planetaria [donde] desaparecerán los libros en favor de
los medios audiovisuales. Todos los medios ?continúa? nos vapulean
minuciosamente. Todos son penetrantes en sus consecuencias personales,
políticas, económicas, psicológicas, sociales y éticas. Los medios han logrado
no dejar parte alguna de la persona sin modificar”. En contra de estos
augurios mesiánicos —incluso un autor francés, Lucien Sfez, llegó a afirmar que
tanto la política como la tecnología están habitadas por la ficción— se alzan
voces muy variadas que enfatizan nuevos dilemas políticos y de gestión, así como
la necesidad de preservar a toda costa la identidad cultural frente a la
avalancha tecnológica: “(…) podemos dar gracias por la existencia de vastas y
dispersas poblaciones de culturas tribales del mundo que jamás han usado un
teléfono o un televisor, que viven de sus habilidades locales de subsistencia
aguzadas a lo largo de milenios... Si la ciudad mundial se hace trizas ellos
recogerán los fragmentos como ya lo han hecho antes” (Steward Brand, editor del
The Whole Earth Review).