Diciembre del 2001 ¿Qué más decir?
Aún recuerdo el
fallido octubre y
una gran nube de
polvo, y nada más.
Cantaría a
Curto (y bailaría sobre él) mas me
han dicho que el
arte no debe ser panfletario. ¿Panfletario? No
debe ser crítico, entiendo. Perfecto, entonces será realidad bruta, sin odas de
alabanza ni himnos heroicos, sólo algunas imágenes.
Diré antes: ésta es
la historia de
cómo fui expulsado y
escapé (en un
mismo movimiento de
sensaciones
superpuestas) de la
paradisíaca Ciudad Jardín, cruel y
fría como el
palacio de Minos, mas de
la profana belleza de
Babilonia.
¡Basta! ¡Acabemos rápido! No
más palabras y
proyéctense las imágenes- he
cambiado de opinión: serán imágenes mas no
será realidad ¡Que sea fantasía! ¡Que sean delirios de
la madrugada!- y
luego el final, que ya
lo he dado a
conocer.
Oigo el
redoblar de las cacerolas: tal vez sea la
erupción volcánica, el
final. No, aún no.
Repiquetea como cascos de
caballos en mi
cabeza, como gotas de
lluvia filosa, que rasgan y
desgarran el cuerpo, que se
vuelve llanto de
sangre.
-
¡El
dinero, el dinero!
-
No
lo tengo, por favor, aguarde.
Corro, corro y
siento mis miembros arrastrarse.
¿A
dónde me llevan?
¡No vas a
repetir! ¡No quiero que seas otro vago drogadicto de
Sin embargo, aún siento la
soberbia al correr entre los edificios, toda la
mentira de los rostros bonitos observándome desde lo
alto, todos detrás de
las cortinas espiando al
vecino en el
patio, y en
la calle con esa otra postura que me
transporta a Belgrano o
Palermo y mi
vestimenta
desentona.
Sigo corriendo, nunca me
detengo.
-
¡Dinero, dinero!
-
No
lo tengo- y
los libros se
escurren entre mis manos.
Las majestuosas columnas del palacio me
embrujan, se repiten iguales como espejos y
no quiero ver el
final. Ahora sé
a dónde voy, hacia las fauces del minotauro.
¡El tributario huye, el
tributario
huye!
Corro y
otros corren y
otros persiguen, y
entre recovecos nos atrevemos a
levantar la mirada y
en largos pasajes no
contemos las lágrimas. Dentro de
las casas y
a través de
las ventanas los televisores arden y
derraman sangre, y
en susurros todos se
debaten entre unirse al
vecino o matar al
deudor y despojarlo de
todos sus bienes. Si
no es la
erupción es el
Apocalipsis, o no
será nada.
Sigo corriendo ¡Corro, no
hay tiempo para pensar! Acaso el
afilado metal se
esgrima contra mí.
¡Clac!
Caen las persianas de
las murallas exteriores y
se alzan infranqueables las fronteras, cuando el
mar trae rumores de
hordas invasoras, de
bárbaros salvajes muy fieros aunque invisibles.
¡Clac!
Las cadenas se
rompen. Mis pies se
detienen.
Los rostros y
las ropas se
deforman, se vuelven vulgares y
me siento hermanado.
Estuve fuera mucho tiempo, expuesto a
los vientos bárbaros que nunca soplaron, desterrado en
el tiempo de
la gran nube de
polvo.