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EL CRIMEN | ||||||||||||
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Supuso que ellos podían intuir el motivo de su malestar. A tres meses desde la última vez que los viera, coincidiendo aquella última visita con el inicio de su noviazgo, sus amigos no podían ignorar que algo había ocurrido en la pareja. No hubo reproches por su tan prolongada ausencia, tampoco preguntaron qué había ocurrido ni cómo estaba Laura ni cómo estaba él. Los sentidos se agudizaban con miradas despreocupadas y gestos ensayados en las noches, con carcajadas furiosas que liberaban tensión e intimidaban a los otros jugadores. Las cartas se arrojaban sobre la mesa a un ritmo que él parecía no poder seguir, sin embargo, la suerte lo favorecía. “¡Vale cuatro!”, cantó Juan, y un siete de oro que Daniel descubriera en su mano salvó la partida. Sonrió mientras David gritaba en el rostro de los otros dos. La gastada se prolongó con el enojo de los perdedores, entonces Daniel intentó reír para detener aquellas presunciones que creía se desplegaban en la cabeza de sus amigos. Pero pronto desistió y ocultó su rostro tras un vaso de vino. Ya no le importaba, como al golpear la puerta, que sus amigos lo vieran regresar derrotado. No le importaba que lo pensaran, sin embargo, sabía que lo hacían. Por su malestar podían deducir que se había acabado la relación y que no había acabado por propia decisión, que aún la amaba, y que si fue él quien terminó la relación, lo hizo obligado por las circunstancias. En ambos casos sólo cabía una posibilidad: ella conoció a otro hombre. A partir de allí las presunciones se bifurcan, sin embargo, ellos, impulsados por el morbo oculto, saboreando la derrota del amigo que los había abandonado, preferían pensar en la segunda opción. La primera. Laura conoció a otro hombre y antes de hacer algo o ya habiéndolo hecho todo, o deseándolo hacer, obligada por el verdadero amor que siente por su novio u obligada por el amor a este nuevo hombre (con quien no desea tener tan solo una aventura), a modo de alivianar la separación le dijo a Daniel que estaba confundida. En este caso, él no pudo más que llorar. La segunda opción, la más perversamente saboreada. Laura conoce a otro hombre y lo hace todo o casi todo, Daniel descubre algún encendido mensajes o de modo contundente se encuentra de cara al hecho. Ante sí la disyuntiva de perdonar, perder su orgullo y hurgar en la basura como la rata hasta encontrar aquello que pruebe que ella lo ha vuelto a traicionar; o conservar su orgullo, dejarla, desearla de modo insoportable y odiarla profundamente por obligarle a irse. Sus amigos conversaban mientras observaban de reojo a Daniel, que en silencio bebía otro vaso de vino. Pensaba que dichas presunciones no carecían de lógica, pero que cometían el error de ser lineales, pecando en la pretensión de representar las acciones humanas en fórmulas matemáticas. Por esta razón, sabía, no podían imaginar el crimen por él cometido. Existía una posibilidad más: que fuera Laura quien descubriera la infidelidad de su novio. Esta idea, sin embargo, no podía cruzarse sino fugazmente por la mente de sus amigos. Tal vez por esa actitud represiva que tiene hacia sí mismo, tal vez por esos ojos tristes que se encienden ante la caricia y lo impulsan a la calle en busca de un amo a quien jurar fidelidad. Durante tres meses sus cuerpos se fueron entrelazando, más y más a cada madrugada, hasta enraizarse el uno en el otro. Con este amor del abrazo, de la caricia completa, acabó Daniel en un exceso de locura, producto de sus más olvidados y desconocidos temores, y de aquel mismo amor, por el que ahora bebía otro trago. Ellos no podían imaginarlo. Laura y Daniel iniciaron su noviazgo en la noche, no sólo porque sea el momento más propicio para concretar este tipo de uniones, sino también, y fundamentalmente, porque sus horarios (ella por sus estudios, él por el trabajo) sólo podían confluir después de las veintidós horas. Por lo mismo, en las primeras dos semanas la relación se desarrolló en bares céntricos, frente a la estación, donde ella esperaba regresara él del trabajo. Luego, buscando mayor intimidad, alternaron sus noches entre la cama de uno y otro. En esas noches se atrevieron a la desnudez, insinuada tras el velo de la oscuridad, besándose los ojos cerrados y reconociendo sus cuerpos en las manos del otro. Noches en que el abrazo custodió el sueño de temores infantiles, regodeándose los cuerpos en las contorsiones más forzosas. Noches de lecturas en la cama, de películas, de charlas y mañanas de amaneceres frescos penetrando por la ventana abierta. Noches y mañanas voluntariamente recluidos en una habitación. Durante el día, cuando debían separarse, se desplazaban mecánicamente de un lado a otro hasta cumplir con sus obligaciones, contagiando bostezos sin disimulo y durmiéndose en cada tren o colectivo o sitio donde se detuvieran. A veces, el sol de la tarde era atenuado por su somnolencia y la calidez mecedora era felizmente recibida, otras veces la luz del sol era exagerada por un ardor vampirezco en los ojos. Al cabo de algunas semanas, una noche, ambos coincidieron en que ya no podrían verse todos los días. Se besaron tristemente, como si alguien los forzara a separarse y los condenara a morir en el más silencioso aislamiento, oyendo tan sólo el imposible deseo de volver a abrazarse. Habían descubierto que aquellas noches no se medían en fracciones de tiempo, pero a pesar de ello, lo cual es lógico, aquellas mismas noches no detenían los minutos, las horas ni los días. Daniel eliminó el tiempo dedicado a sus amigos, su familia y al ocio, y redujo las horas de sueño cuanto su cuerpo le permitió. Sin embrago, allí permanecían intocables las ocho horas laborales y las dos horas de viaje al trabajo. Descubrió que el trabajo sí se mide en fracciones de tiempo: ocho horas medidas con precisión
cronométrica. Se abrazaron y en aquel abrazo, tan parecido a otros, sintió Daniel algo ajeno que se volvía propio y le incomodaba. Si ellas no pronunciaran los “te quiero” y los “te amo” con la liviandad con que dirigen un “hola” o un “chau”, tal vez le hubiese creído; pensó Daniel. Pero no. Al igual que los abrazos y las caricias, al igual que un beso o una mirada, al igual que una noche de cuerpos desnudos, nada parecía significar algo, por más pasión que simulara poseer el acto. Sin embargo, cuando Laura lo dijo Daniel sonrió sin medir su sonrisa, de aquel modo que tanto lo avergonzaba: su boca desbordada a los lados hasta deformar sus mejillas y su rostro entero. Daniel siempre había puesto sumo cuidado al seleccionar el modo en que se expresaba, y ponía el mismo cuidado en descifrar la confección de los textos y palabras que le eran entregados, convencido que en ellos existía un código a través del cual se podía identificar el estado de animo de quien se expresaba, el vacío de las respuestas siempre repetidas a las mismas preguntas, la necesidad de decir o una simple e inconfundible verdad, así como la omisión y el engaño descarado. Daniel miró impaciente la pantalla de su celular, se puso de pie y salió apresuradamente del edificio donde trabajaba. La ciudad estaba desierta y la gris inmovilidad aumentó su malestar. Observó nuevamente la pantalla del celular y masculló un insulto. Ahora debía descifrar la ausencia de las palabras, en la cual, como bien sabía Daniel, no hay opción para la esperanza, sólo podía significar que ella no tenía necesidad de hablar con él. Laura le dijo que no sabía qué haría, que no tenía muchas ganas de salir de su casa pero que por la noche tal vez saldrían con Andrea, que hacía mucho que no se veían. Por lo tanto, tal vez aquella noche no dormirían juntos. Ella le avisaría. Al despedirlo, luego de besarse, le dijo que lo amaba. El modo en que ella se lo dijo la primera vez fue extraño para Daniel, lo tomó por sorpresa y le hizo sentir totalmente correspondido. Habían cenado en la casa de Laura y él sabía que por alguna razón aquella noche no podría quedarse a dormir. Sabía que ella se sentía incomoda cuando sus padres se encontraban en la casa, suponía que sería por eso. Cuando Daniel ya se hallaba recostado en su cama con la luz apagada, llegó un mensaje a su celular. Laura le decía que no sabía cómo decírselo, pero que ya lo quería demasiado y que ya no alcanzaban los te quiero, que creía que lo amaba. Que por alguna razón tenía miedo de decirlo pero que ya se lo diría
personalmente. Pero aquel cuidado para pronunciar dos palabras cargadas de tan vago significado se convirtió luego en la firma de cada mensaje o llamado telefónico. ¿Es que acaso no existe el modo de incrementar un “te amo”? Finalmente sonó el celular, faltaba una hora para que Daniel saliera del trabajo. Laura no había ido a lo de su amiga y lo esperaba en la estación. Firmaba: “te amo”. No había modo de incrementarlo. Aún incorporándole “mucho” seguiría siendo “te amo”, y peor, pensaba Daniel, aquel “mucho” degradaría el peso propio de aquellas dos palabras y sólo dejaría en evidencia la necesidad de renovar algo viejo y ajado. Y ello sí existía, pensaba mientras volvía en el tren. El desgaste, la rutina arrastrada y el “te amo” degradado. Se abrazaron al encontrarse. En aquel abrazo, lo que en algún momento él sintió ajeno, ahora se había vuelto imperceptible. Allí, sin embargo, sus brazos fueron todo temores, fueron tenazas cargadas de la tensión de todo un día alejado de Laura. Se besaron. Ella sonrió y Daniel volvió a abrazarla. Caminaron por la avenida, que se hallaba colmada de gente. Los bares y los restaurantes estaban completamente ocupados por familias y parejas. La calle y la plaza, en cambio, eran de los jóvenes, que luego de largas horas frente al espejo, caminaban por el centro a la caza de quien respondiera su mirada. A pesar de que Laura tenía ganas de caminar, luego de recorrer dos o tres cuadras, Daniel insistió en entrar a un bar. Ella, sonriente, sólo deseaba estar con él. Las luces azules invadieron silenciosamente la habitación. Juan escondió instintivamente una pequeña bolsa en su zapatilla, mientras David reprimía la risa y posaba su dedo índice en sus labios. El llamado a la puerta sobresaltó a Daniel, que vuelto de un sueño de ebriedad y recuerdos, se encontró en una habitación de luces familiares dando vueltas por las paredes, con un vaso vacío y un cigarrillo apagado en sus manos. Observó a David caminar hacia la puerta sin comprender la sonrisa y su caminar lento y sus ropas bañadas por aquellas luces bailarinas. Lo vio girar en el pasillo, dirigiéndose a la puerta, oyó la llave en la cerradura y la voz parca que respondía al saludo de su amigo. En aquel momento, un zumbido en sus oídos, que en sus manos era temblores, no le permitió oír más, sólo sus pensamientos encendidos por los recuerdos, que en sus ojos se volvieron lágrimas. Diez minutos lloró en silencio. Cuando sus amigos lograron calmarlo, cuando finalmente sus ojos repararon en la presencia de las tres personas que lo rodeaban, comenzó a explicarse de un modo desesperado, sin dejar de llorar, sin dejar de oír sus pensamientos y el recuerdo de aquel día. -
Vienen por mí, déjenme que vienen por mí. -
¿Quién viene por vos? -
La policía, vienen por mí. Es mi culpa. -
Ya se fueron, Dani, fue por el ruido, por uno de estos vecinos de mierda. Quedate tranquilo. -
Acá no hay nadie, somos nosotros nada más. -
¿Qué hiciste Dani? -
Dejate de joder, Juan. No ves que está mal. -
Yo le pegué, es mi culpa. -
¿Qué hiciste? ¿A quién le pegaste? -
A Laura, le pegué… -
Pero ¿Cómo? ¿Qué pasó con Laura? -
Lo arruiné todo, todo…- David le acariciaba el cabello y observaba a los otros dos, que aún en el mismo sitio, sus rostros parecían alejarse de aquel monstruo. -
¿Qué pasó? -
Le pegué -
¿Discutieron? -
No, no. No sé qué me pasó. Me saqué y… y…- el llanto irrumpía barriendo las palabras. David seguía acariciando su cabello, ahora con su mano tensa, esperando que Daniel continuara. Los otros dos, impacientes, lo observaban insensibles directamente a los ojos. El bar repleto de aquellos jóvenes. Ella sonriente, sus manos y sus ojos bailarines al hablar, y aquellas pequeñas lagunas esmeraldas deteniéndose aquí y allá, aquella curiosidad que lo observaba todo. -
¿Y? -
¿Dónde? ¿En tu casa? ¿En la casa de Laura? -
No, no. -
¿Y qué pasó? -
En un bar, no sé que me pasó, no lo pensé. Me agarró una cosa adentro y de repente… -
¿Qué hiciste con Laura? ¿Dónde está Laura? -
No sé dónde está, no sé qué me pasó, no sé. -
No, boludo ¿Dónde la dejaste a Laura? ¡No me importa qué mierda te pasó! -
En el bar… -
Para un poco , Juan. Aflojá… -
¡Callate la boca, vos! Callate la boca ¡Me importa una mierda qué le pasó a este pelotudo! -
¿Dónde Dani?- Preguntó David. -
Ahí fue, en el bar. -
¿Pero qué hiciste? Después del bar, ¿Qué hiciste con ella? -
Nada, me fui, le pedí perdón pero no me lo banqué. No aguanté su mirada, su cara... así. Me fui y no la volví a ver, no la vi más. No me animo ni a llamarla. No me va perdonar más, no va perdonarme nunca. 17.04.2010
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| Daniel Contreras |