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JUAN JOSÉ
MARTINEZ | ||||||||||||
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I “Pienso
y sólo repito lo que los libros. La praxis. Pero digo que no, que el hombre no puede ser bueno sólo por el temor a la maldad del resto. Pienso,
busco y no encuentro, y temo, caigo en la encrucijada y desespero. No encuentro en la razón argumentos que legitimen la bondad por la bondad misma, sin la praxis, sin el interés, sin el egoísmo de quien la practica. ¿Por
qué ser
bueno? Si
es tan sólo una ley universal surgida del más cruel razonamiento, el paso de miles de años nos cubrió de hipocresía y el recuerdo quiso olvidar el origen real, y nos ha convertido en defensores a ultranza de la bondad. ¿Hemos escondido el
origen? El
límite entre la bondad y la maldad es tan fino, y todos lo cruzamos constantemente. Y es tan poco nítido. ¿Por qué veo la maldad y la bondad como un todo, por qué el resto los ve como opuestos, alejados ambos varios metros de la línea recta que los
divide? Tal
vez ellos ya lo comprendieron, ya descubrieron aquel
origen. Que
todo ha nacido de mentes especuladoras, de un pacto concebido en el amanecer de los tiempos; que la naturaleza del hombre implantó tempranamente un legado
innato. ¿Qué
ha de evitar que dispare un arma contra un desconocido si el pragmatismo del pacto favorece mis intereses? ¿Qué ha de evitar que dañe si la bondad es sólo un elemento especulador? Recuerdo
el amor materno y su calidez me alivia. Pienso que tal vez el límite se erige entre la razón y los sentimientos, pienso que intento comprender lo incomprensible: el ser que se debate entre la razón y el sentimiento. Pero no me alivia, desespero, porque no lo veo sino como
caos.” Este
texto fue publicado por todos los diarios del país, entre el día 9 de enero y el 10 de febrero del año 2009. Es la copia de una hoja de cuaderno escrita a mano, sin firma y fechada el 21 de diciembre del 2008. La hoja original, se dijo, fue hallada junto al cadáver.
II Una anciana sobre una silla de ruedas, inmóvil con los ojos muy abiertos. Cuadriplégica o muerta en una ruta de asfalto sin paisajes, reflejada en ésta el ardiente sol veraniego de las dos de la
tarde. Inmóvil
con los ojos abiertos y cientos de moscas zumbando en sus oídos, metiéndose en su nariz, dentro de su ropa, dentro de su boca abierta. Cientos de moscas sobre su cuerpo, zumbidos oídos aunque mudos, como en los sueños. Luego el hedor del perro
muerto. El
calor
insoportable y su cuerpo sudando sin reparo del sol, y el cadáver en descomposición en medio del camino: el hocico desecho dejaba entrever una dentadura feroz. Inhaló una vez y exhaló reprimiendo arcadas, y apartó la
vista. Se
preguntó qué le habría ocurrido a aquel perro para que sus restos exaltaran de tal modo la crueldad de la muerte, sobre la avenida Carlos Casares, esa especie de ruta que atraviesa Rafael Castillo. Aquel animal merecía la dignidad del entierro, se dijo, y continuó presuroso su
camino. La avenida está asfaltada pero Rafael Castillo es de tierra, algunas de sus veredas son de cemento pero sus calles, de superficie irregular, son de tierra, y el polvo cubre toda la ciudad, aún la avenida. La tierra reseca en verano, que es barro cuando llueve. -
Mañana mismo te quiero allá,
Daniel. -
Pero, Rubén, me parece que no es necesario. Digo, quiero decir, todos los medios ya están en eso, y con nuestros contactos no creo que podamos sumar nada más. Además, Rubén, nosotros no nos ocupamos de eso. -
Sí, justamente por eso. Están todos los medios pero no hay ningún medio de la zona. Y sí, nosotros no nos metemos en eso pero ese tipo armó un quilombo bárbaro y nadie deja de hablar de eso. -
Pero, Rubén ¿Cómo que ningún medio de la zona? Si tampoco es nuestra zona. Salvo que hayas sacado un crédito creo que nosotros trabajamos sólo San
Justo. -
¡No seas pelotudo! Todos los medios vinieron acá, a -
Pero... Rubén.... Encima es una noticia de mierda, dejando de lado el resto, es una noticia de
mierda. -
Sí, una noticia de mierda de la que todos hablan. Así que mañana te vas para Rafael Castillo y te conseguís algunos testimonios: del vecino, del almacenero, de cualquiera. Si querés hacete un resumen de lo que publicaron los diarios, pero la nota, sea una nota de mierda o no, tiene que estar en la edición de
febrero. No
insistió más. Se dijo nuevamente que para ser un diario zonal, con una única jerarquía de editor-director, es demasiado autoritario. Partió a la facultad con resignación, diciéndose que todo sería diferente cuando se recibiera. Luego se preguntó si así sería y luego ya no se preguntó nada. Al
regresar a su casa ojeó las ediciones de Clarín de la última semana mientras cenaba. Cinco de enero. Un joven de veinticuatro años es encontrado muerto en el domicilio Billingurs 1557, una casa pequeña que habitaba y alquilaba desde el mes de abril. El dueño de la casa, un italiano de sesenta y cinco años, se dirigió hacia ese domicilio desde el centro de Morón, donde reside, para reclamar tres meses de alquiler que el joven adeudaba. Al no recibir repuesta a los reiterados llamados a la puerta y luego de preguntar a los vecinos si habían visto salir al joven, creyendo que aquel “se hacía el sordo”, derribó la puerta con la ayuda de los vecinos. Dos señoras se descompusieron al ver dentro el cadáver del joven tendiendo del techo mediante una soga ajustada a su
garganta.
III Tres
estudiantes de guardapolvo y una señora descendieron del colectivo junto con Daniel. El colectivo se alejó levantando tierra sobre el asfalto de la avenida Carlos Casares. Los vecinos del barrio se habían replegado tras las cortinas y persianas de sus casas, y en la calle sólo cuatro niños enfrentaban al furioso sol de las dos de la tarde. El
calor
insoportable y Daniel sudando sin reparo del sol, y el cadáver en descomposición en medio del
camino. En
la esquina de … y … tres perros lo observaron pasar. Un cuarto perro no veía, rasgaba su lomo pelado en el vano intento de detener la picazón. Su piel grisácea se tornaba
rosada. Desde
la sombra de un alero, uno de ellos gruñó sin mostrar los dientes, otro ladró, y el que había gruñido rápidamente se puso en pie y siguió de cerca a Daniel, mientras desde la sombra se repitió el ladrido. De otros sitios de la cuadra se oyeron más ladridos y hocicos abiertos se pegaron a las rejas de las
casas. Cuando
llegó a mitad de la cuadra, un perro de gran altura se escurrió por un agujero del alambre que delimitaba el terreno, saltó la zanja y una vez en la calle se detuvo con el cuerpo tenso y el hocico expectante, entreabierto, obstaculizando la ruta de Daniel. Con un perro detrás y otro esperándolo, él, que usualmente no temía a los perros, sacó sus manos de los bolsillos y cambió su rumbo, caminando ahora rápidamente por la vereda. ¡La
concha de su madre!, se descargó Daniel al cruzar la calle. Los perros se quedaron en la esquina, alguno continuó ladrando, otro volvió al reparo de la
sombra. Juan
Martínez, ese es el nombre del ahorcado. Ese es el nombre por el cual lo conoció el italiano que le alquilaba la pieza. “Asumimos
que aquel cuerpo colgando se llamaba Juan Martínez”, dice la inscripción en el anotador que Daniel lleva en la mochila.
Continúa. “Ninguna
otra persona supo pronunciar su nombre. Nadie lo conocía. Según el italiano, Juan Martínez había trabajado en una fábrica, en San Martín o Villa Tesei (en una ocasión dijo Lugano). No lo recordaba bien. En cuanto al alquiler, no hubo papeles de por medio, tan solo el dinero y la promesa del pago en tiempo, los días diez de cada mes. Por otro lado, en la pieza no se encontraron ni DNI ni recibo de sueldo ni ningún tipo de documentación, nombre o número que nos dijera algo más de aquel cuerpo. Según lo que Juan dijo al italiano (será éste la única persona que podrá acercarnos a su vida) él trabajaba en negro y no tenía documentación porque todo lo había dejado cuando se vino a Buenos Aires. Era chaqueño o de alguna provincia del norte. En algún momento lo echaron de la fábrica, eso dijo al italiano excusándose por el retraso del pago del alquiler. Tres meses después la historia de aquel cuerpo colgado del techo es publicada por toda la prensa. Tres meses y medio después los diarios continúan publicando la
historia.” El
dato del caso que todos los diarios destacaban, Daniel había decidido omitirlo en su recuento de la información. Junto al cuerpo (se dijo en un principio), sobre la cama, sobre la mesa, debajo de la cama, en algún lugar de la pieza se halló la “carta” del suicida. Aquella
carta combinada con el desconocimiento casi absoluto de la vida de Juan Martínez, hizo que este suicidio, uno como tantos, perdurara en las hojas de los diarios y en la pantalla de la televisión. Una carta atípica, misteriosa, que en sus blancos y vacíos daba lugar a múltiples interpretaciones y reescrituras, tantas cuanto el límite del hastío permitiera. La
condición para la reescritura es que fuera atractiva. En esta labor se hallaban todos, también
Daniel. Se
detuvo frente a una casa y llamó golpeando las palmas de sus manos. La casa era de una sola planta y no parecía alojar más de tres o cuatro ambientes, sin embargo se destacaba de las casas aledañas por su construcción completamente acabada.
IV El
Jose debió elevar la voz para hacerse oír sobre la bocina del tren cruzando el paso a nivel. Un momento después volvía a hablar en un susurro, temiendo lo oyera alguna de las personas que pasaba junto al mostrador de la panchería, moviéndose desde los molinetes de la estación a las paradas de colectivo. Santiago
alzó la voz, con la confianza de quien conoce el lugar y sin los nervios que poseían al Jose. En la estación de Morón a las siete y media de la tarde no existe sonido de voces, solo música en los auriculares y el zapateo apresurado del regreso a casa. “Te
entiendo, Jose, te entiendo como nadie. Como nadie, ¡eh! Como nadie te puede entender, ¿eh? Ahora escuchame. A vos, loco, te quiero hacer un favor, Jose, no te quiero ensuciar... No, no, no. Ya sé que lo sabés. Yo no meto a cualquier gil en esto porque no me gusta. Tienen que ser gente de confianza, hermanos, y que entiendan lo que hacen, no me gusta arruinar guachos a mí. ¡Y que no estén zarpados, eso es lo otro! Vos sos un pibe como yo: santiagueños, sin un amigo, sin una moneda como yo ¡A penas rancho tenemos! Pero fijate. Yo sé que a vos no te cabe, y por eso un poco te quiero meter: porque sos un pibe bueno, se te puede confiar. Pero fijate, vos pegaste un laburo, siete meses, te alcanzó pal´ rancho y pal´ morfi, y está perfecto ¡Perfecto! Y fijate, siete meses laburando bien, y de un día para otro: chau, negrito, lo lamento pero la fábrica no funciona. ¿Te das cuenta, Jose? ¿Te das cuenta? Y fijate ahora, hoy. No hay laburo en ninguna parte ¡No es con nosotros, eh! Pero igual a nosotros no nos quieren. Y nosotros no tenemos a nadie. Cuando te echen del cuarto, ¿Qué alquilás? ¿Dónde vas a vivir si no tenés dónde caerte
muerto?” Santiago
hizo una pausa y encorvó su cuerpo para envolver la panchería en la intimidad del susurro, deteniendo sus ojos nerviosos sobre el Jose, buscando su mirada para forzarlo a una
respuesta. “Yo
que sé, Jose. Vos fijate. Yo ya te canté la mía. Pensalo, pensalo bien. Yo y los pibes estamos acá, vos sabés dónde estamos. Pensalo y si te va me buscás ¿Sí, Jose? Y pensalo bien, ¿eh? No da que nos moramos de hambre nosotros, ¿eh? Dale, che.
Avisame.” El
Jose enjugó sus labios en la cerveza. Siguió con la vista a Santiago y luego volvió los ojos al mostrador, bebió un trago bruscamente, se puso en pie y se fue. V -
Ningún hombre de Dios desea la muerte. Escuchame bien. Ninguno. Dios nos da la vida y Dios nos da la muerte, y sólo Dios tiene la sabiduría para saberlo todo. -
Entonces, usted cree que lo que le ocurrió a Juan fue por… -
Es la mano de
Satanás. -
¿Cree que el Diablo lo indujo al
suicidio? -
El Diablo, Satanás. Sí, claro ¿No leyó esas cartas? Ese hombre se volvió loco. Decía que no había porqué hacer el bien. -
¿Usted lo oyó decir eso? -
No, no. Lo dice en esa carta que dejó. Que no hay porqué hacer el bien. -
Que no hay argumentos lógicos para hacer el bien. -
Sí, sí... Y se preguntaba y se preguntaba, buscaba respuestas a todo... es la tentación de
Satanás. -
¿Fue tentado por
Satanás? -
Poseído. Dice ahí, en lo que escribió, en la carta, que podía volverse loco porque no lo sabía todo. -
Que el hombre puede enloquecer si es conciente de su
pequeñez. -
El hombre es pequeño porque Dios es grande, en el cielo, Dios es grande. Y se vuelve loco porque quiere saber todo, porque quiere ser como Dios. Porque Dios es el único que lo sabe todo, las respuestas de todo están en Dios. -
Entonces, ¿Usted cree que fue
poseído? -
Sí, fue poseído. Satanás lo tentó, lo confundió y lo
tentó. -
¿Por qué cree que el Diablo lo poseyó a él y no a otro? -
Porque Satanás busca las almas débiles, las que no creen en Dios.
-
¿Él no creía en Dios? -
No, no, no. No creía. Y eso lo sé yo porque vivo acá y conozco a la gente del barrio y hablo con la gente del barrio. Y le puedo asegurar que nunca fue al templo. Nunca, nunca. Se lo puede preguntar a cualquier vecino. Y tampoco creo que haya leído -
La policía no mencionó que tuvieras
libros. -
-
Puede ser. La policía no informó sobre esto. -
Y tienen que hacerlo, ahí tiene que investigar la
policía. -
¿Cree que ahí está la respuesta al
hecho? -
No, porque es algo que la policía no puede entender y que sólo Dios sabe. -
Si es como usted dice, la policía no va a encontrar en el caso más que un suicidio más ¿Tiene sentido continuar la investigación? -
No, porque no van a encontrar nada. Ahora hay que enterrar ese cuerpo y rezar. Ana
María dijo que Juan era un hombre solitario, oscuro. Oscuro, en toda la entrevista lo destacó. “No hablaba con nadie, saludaba a veces y sólo a los vecinos de al lado. Salía de noche y siempre andaba serio. Y salía poco y no recibía ninguna visita. Nunca se lo vio entrar a la casa con
nadie.” Siempre
que se lo veía estaba fumando, y según le dijo la almacenera, era casi lo único que le compraba. Dos atados de veinte por día y alguna noche un vino o una cerveza, arroz o
fideos.
Cuando
el suicidio parecía haber agotado sus líneas en los diarios y el desfile televisivo de filósofos, psicólogos, peritos, políticos, doctores y especialistas, no dejaba variante por analizar; cuando el moralismo chillón se había alegrado y llorado, se había revolcado discutiendo el destino de nuestros jóvenes, y ya se alzaba, callaba y pasaba a otro tema, la prensa informó que junto al cuerpo se hallaban dos hojas de cuaderno escritas a mano. La
policía, cuyo rol se había limitado al de testigo presencial que las cámaras buscaban para obtener los pormenores del caso, quince días después se vio forzada a admitir que sí existía otra hoja de cuaderno, pero que no aportaba mayor claridad sobre la carta del suicida. Al día siguiente, en improvisada conferencia de prensa, se da conocer el contenido de la segunda hoja y se informa que no se trataba de una hoja ni dos hojas de cuaderno, sino de un cuaderno entero con diferentes reflexiones escritas a mano, desde el primero de marzo del año dos mil siete al veintiuno de diciembre del dos mil ocho. Además de ello, debajo del cuerpo encontraron una tarjeta dirigida a “Natalia” y firmada por “Jose”.
Por
el escándalo policial y su repercusión pública, un alto funcionario de VI “Comprendí
entonces la pequeñez, lo superfluo de nuestra existencia, descubrí ese resto de humildad de la humanidad, ese único temor que siente el hombre por lo que no es producto del hombre. Mas no sólo comprendí ello, pensé- y desesperé pensando- en todo lo que esconden aquellos vacíos de naturaleza y todo lo que esconden nuestros propios vacíos. Pensé en lo desesperante que podía ser esa conciencia de nuestra ignorancia, y pensé en lo aún más desesperante de pretender saberlo todo. Pensé
que una visión, tan sólo una visión, podía
enloquecerme.” Alexis
acabó de releer lo escrito y sonrió mostrándose conforme. Bebió jugo de naranja, tomó las llaves del auto y se dispuso a partir hacia la
universidad. Santiago
bailaba en la vereda con un brazo en alto y el otro en el hombro del Jose, que reía pudoroso pero feliz. Caminaban por la calle … hacia el centro de San Justo, donde cada uno se iría para su lado. El
otro, un pibe de diecisiete años, caminaba junto a ellos con la mirada fija al frente, el rostro rudo desafiando a quienes cruzaba. No escuchaba lo que los otros dos hablaban ni lo que Santiago gritaba a centímetros de su oído, burlándose de él. Sus movimientos eran mecánicos: el brazo izquierdo blandiéndose adelante y atrás, su mano derecha buscando el gatillo del revolver debajo de su remera, sobresaliendo del
pantalón. Al
llegar al semáforo de la esquina de …, Santiago miró al Jose de un modo que éste no pudo descifrar. Santiago observó entonces al pibe y éste asintió con la
cabeza. Delante de ellos se había detenido un automóvil cuya pintura brillaba y en su brillo se presentía el aroma sofocantemente cálido del cero kilómetro. Tal ostentación de perfección y pulcritud encegueció a Santiago. El Jose, no acabando de comprender lo que ocurría, empujado por un temor supersticioso le suplicó que no hiciesen lo que fuesen a hacer, pero el pibe ya se había abalanzado sobre la ventanilla, rompiéndola de una patada. Ya con el revolver en la mano, lanzaba insultos y amenazas sobre Alexis, mientras Santiago revisaba sus bolsillos y trataba de alcanzar la mochila en el lugar del acompañante. El
Jose, volviendo en sí, se apostó en la intersección de las calles, atento a las luces y la sirena de algún patrullero, y eso hacía cuando Alexis, nervioso, en un movimiento brusco intentó quitar las llaves del auto para colaborar con Santiago. El pibe descargó una bala sobre su
pecho. Santiago
se detuvo sólo un momento, sobresaltado por el estampido, buscando el sitio donde había sido herido, buscando al policía que le había disparado y sacando su revolver de la cintura para hacerle frente. Pronto comprendió lo ocurrido y preparó la huida: tomó a Alexis por las piernas y haló de ellas, insultó al pibito para que no dejara caer su cabeza al asfalto y buscó las llaves del auto debajo de los asientos. El
Jose permaneció inmóvil en la esquina, observando los movimientos de Santiago, buscando el cuerpo muerto que confirmase la tragedia. Cuando el cuerpo se halló en la vereda, el Jose tampoco pudo moverse, y sólo un grito y un brazo empujándolo dentro del auto arrancaron sus ojos de aquel, pero no de la incertidumbre de su suerte. Santiago
pisó el acelerador y lanzó un golpe hacia atrás, donde el pibito se tomaba la cabeza con ambas manos, sollozando suplicios y disculpas incomprensibles. Santiago acabó gritándole que se callara, que era un guacho zarpado, que no sabía tomar gilada, un gil y encima
cagón. Al
cabo de quince minutos dejó al Jose sobre … en la parada del … Asomándose por la ventanilla, Santiago le dijo que se olvide, que él no hizo nada, que nadie los vio y que no iba a pasar nada, que ahora tiraban el auto por ahí y desaparecían. Le dio una mochila que estaba en el auto, “para el pibe, cuando crezca”, pero le advirtió que quemara todo lo que tenía adentro. El Jose asintió con la
cabeza. VII -
¿De qué me estás hablando? Te aviso que vos hiciste esta entrevista, no yo. -
Ya sé, Rubén, ya sé… pero qué querés que te diga… es una
cagada. -
A mí me parece que está bien y pasado mañana sale el diario ¿Okey? Dejate de joder, hiciste un buen laburo ¿Cuál es el
problema? -
Es una cagada, es… no sé bien qué, pero es una cagada. Quiero cambiar algunas
cosas. -
Mirá, andá a tu casa tranquilo y dejate de
joder. -
Pero… -
¡Boludo, no sabés ni qué mierda querés cambiar! Andá a tu casa, querés. La cronología está perfecta, la entrevista a la bruja es un cago de la risa, es buenísima, y lo del
psicólogo… -
Justamente eso, Rubén. La cronología está bien, es completa, lo del psicólogo es interesante, pero la entrevista no. O no sé, puede ser divertida pero le falta algo. Hay algo que no me cierra, no me
cierra. -
¿Qué no te
cierra? -
Y ese cuaderno, esa casa, Juan Martinez. No hay una carta suicida, Rubén, ni siquiera eso dejó el pibe ¿No entendés? No hay familia, ni un amigo, nada de nada. Acá falta algo. -
Pará un poco, Daniel ¿Ahora te querés hacer el detective
privado? -
Pero, Ruben, falta algo,
falta… -
Mirá, Daniel, si falta algo es problema de la policía, vos sos periodista y tu trabajo es hacer los artículos que yo te pido que hagas. Y lo hiciste perfecto, ya está… No, no. No quiero escuchar más boludeces. Basta. Primero no querías hacer lo que te pedí: era una noticia de mierda, preferías seguir escribiendo notitas de Papá Noel y los Reyes Magos y entrevistando almaceneros del barrio ¡Dejate de joder! El artículo está bien, faltará algo pero ¿Sabés qué? No me importa ¿Y sabés por qué? Porque ya no le interesa a nadie. ¿Querés hacer una investigación? Hacela, pero en esta revista no va a entrar. Ni este mes ni el que viene ¡Porque ya no le importa a nadie! ¿Me entendés, Daniel? Perfecto, ahora andá a tu casa y quedate tranquilo. No pensés en ese tipo porque te va a hacer mal. Eso tenés que ir aprendiéndolo. No hay que meterse tanto porque te hacés mierda. Te lo digo por experiencia
propia. VIII El
plateado humo que salía de su boca hacía visible la leve brisa. Se elevaban los rulos canos y desordenadamente se fundían con una masa invisible para luego desaparecer. Aún cuando las cenizas rebasaban el cenicero, encerrado él en su pequeño cuarto, no podía ver el aire más que por unos segundos cada vez que largaba otra bocanada de humo. Un
momento flotaba y daba forma al aire, se fundía y
desaparecía. Daniel
observaba los rulos canos e imaginaba una gran cabellera elevarse por toda la habitación, desordenadamente, e impactar y deshacerse contra el
techo. Tan
tangible era el aire, y tal su espesura al rozar la garganta, que respirar le resultaba sugestivo y un punzante dolor de cabeza lo impulsaba a la cama y lo obligaba a cerrar sus ojos. IX “GRACIAS
AMOR… Por brindarme tus caricias. Por regalarme tus besos ¡Tu amor es todo lo que necesito para ser
feliz!” El
Jose le dio una moneda al chico y lo siguió con una mirada de amargura, pero se dijo que ya no sería así. En el reverso de la tarjeta escribió “Para Natalia”, debajo escribió su nombre y la guardó con cuidado en el
bolsillo. Bajó
del tren en movimiento y caminó hasta el final del andén de la estación Belgrano. Sonreía jovialmente disfrutando de una brisa fresca, la primera después de cuatro días del más denso calor, sin embargo, el Jose parecía sentir en su rostro la primera brisa de su vida. Un
cosquilleo se deslizaba entre sus manos y en su cabeza repetía las palabras que les dirigiría a sus suegros. Que la amaba, que no la abandonaría nunca. Que no le iba faltar nada, ni a él ni a ella. Que tenía trabajo, un buen
trabajo. Quinientos
pesos en el bolsillo de su pantalón lo respaldaban, sin embargo no encontraba un modo sutil y natural de sacar el dinero. Pensó si debía haberse comprado ropa y se detuvo para observar la que llevaba puesta, preguntándose si de aquella primera imagen sus suegros creerían que tuviese un buen
trabajo. Se
convenció de que no importaba la ropa, que con el dinero delante ellos le creerían. Natalia también se convencería de que se había ido en busca de trabajo y que ahora volvía para cuidarlos por siempre. Juan José Martinez será su nombre, como su
padre. Girando
en la esquina, a mitad de cuadra, donde vivía ella, un gran grupo de personas se apiñaba en la puerta de la casa. Todos los vecinos observaban desde el marco de sus puertas. El Jose se detuvo y se maldijo por tener tanta mala suerte. Vaciló un momento antes de acercarse a las dos señoras que susurraban a su lado. “A
la nena de los Irrazabal le hicieron mal un aborto, porque parece que estaba embarazada la chica. Y falleció la pobre, como X La
tarde nublada, el cementerio llano: sin relieves de metal ni piedra, sin colinas verdes, con multitud de placas rasantes, iguales, diferenciadas por nombres insignificantes y fotos en primer plano. El paisaje no inspira. Ni tristeza ni melancolía ni pesar ni temor, y la alegría sería pecado, y tampoco sabría Daniel dónde encontrarla. Sólo sentía el vacío rutinario y el no saber porqué se encontraba allí. Sin
preguntar
demasiado
encontró a los sepultureros cubriendo el pozo en un extremo no muy explotado del cementerio. Se mantuvo a prudente distancia y observó el mecánico movimiento de las palas. Los
dos sepultureros realizaban la ceremonia en silencio, sin intercambiar miradas, con acostumbrado respeto. El cadáver esperaba, tendido de espaldas, acabara tan larga ceremonia. Se
preguntaba si los sepultureros no hablaban por respeto o si no lo hacían por rutina, aburrimiento o cansancio, o si no estaban enojados el uno con el otro. No quería interrumpir su labor para preguntar tal nimiedad, además, no estaba dispuesto a largarle la lengua a personas en tan concentrado silencio. Otra
persona violaba la intimidad del entierro, y resguardado por la lejanía, aún más lejos que Daniel y en dirección contraria, espiaba sin disimulo. Caminaba un paso a un lado y un paso al otro, observando distraídamente las placas, volviendo de a ratos su mirada hacia los sepultureros. Se movía con soltura en sus ropas, como quien, fuera de un cementerio, espera pase el tiempo. Daniel
lo vio persignarse y dar un golpe al suelo con su pie derecho, antes de girar sobre sí y emprender decidido la caminata hacia la salida. Por alguna razón lo siguió con la vista, hasta que el silbido de uno de los sepultureros anunció que su labor, sin que Daniel lo notara, había concluido. Aquel
otro hombre ya había desaparecido más allá del alcance de su vista, y él sí vio el momento en que la última pala de tierra cubrió el pozo. Los
sepultureros
también se alejaban, y la tarde se hacía noche y Daniel se quedaba solo, con el muerto bien enterrado y con el repentino pensamiento de que alguien se había asegurado que el muerto estuviese bien muerto. El repentino sentimiento de que algo custodiaba que aquel cuerpo enterrara consigo la verdad de toda una vida y su muerte.
2006-2010
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| Daniel Contreras |