Esa mañana, el frondoso valle hablaba bajo, eran treinta, un pequeño grupo que hacia varios años se había ubicado en este paraje, amigable, bello, y principalmente con muchos alimentos a mano. El líder, de poco más de veinte años, de carácter impetuoso pero amable, había llevado este grupo a buscar lugares tranquilos, más allá de las montañas cientos de homínidos peleaban por un claro, una cueva o los restos de un animal.
Era claro que cerca de los manantiales se juntaban ya demasiados clanes. No pasaba un día sin que hubiera un sangriento encuentro, ya sea provocado por usurpaciones, por robos o violaciones. Pero la convivencia entre tantos homínidos ya se tornaba insoportable para los que los genes se le acomodaban llevándolos a buscar belleza, eran unos pocos que disfrutaban mirando el amanecer o se deslumbraban observando los rojizos atardeceres.
Esa mañana al despertar había un alerta temprano, la sangre se movía con inquietud dentro de cada uno, el más alterado era el líder, su instinto lo hizo despertar antes, subió a un árbol y se quedó largo rato mirando lo poco que el sol iluminaba, escuchó como se retiraban algunos reptiles, como saltaban en el arroyo algunos felinos cercanos, vio gacelas acercarse a un claro, pero un silencio lejano colmó sus miembros con adrenalina al punto que comenzó a despertar a todos, con llamados claros, con golpes en el tronco a modo de tambor. Se deslizó despacio por el mismo, pisó lento el pasto húmedo, tomó el hacha, tocó el hombro de uno de sus principales guerreros y le señaló el bosque.
Fue
lo último que pudo hacer, en ese momento algo golpeó su cabeza, un mazo
revoleado por un homínido guerrero lo acababa de impactar y la muerte fue
cascada de luces y noche. No llegó a verlo pero sus guerreros eran muertos uno
tras otro. Cada niño fue alzado, y arrojado contra rocas, árboles o cualquier
entorno firme contra el que despedazaron su futuro. Solo llevaron como trofeo a
las mujeres jóvenes, la supervivencia y continuidad de la especie solo se
lograba procreando.
“Somos
descendientes del mono malo, porque el bueno murió de un golpe en la
cabeza….”
Así
terminaba su exposición ante un auditorio que lo siguió en silencio por los
paisajes primitivos a los que el profesor acostumbraba llevarlos. Cerró su
carpeta, sonrió y la gente comenzó a aplaudirlo, algunos se levantaron pronto
para saludarlo antes que se retire, alcanzó a saludar a tres o cuatros pero
evitando el tumulto salió por la puerta del fondo tan rápido como pudo. El saco
se le caía colgado del brazo, la carpeta amenazaba abrirse, pero apuró sus
pasos, sintió sus miembros hinchados de adrenalina, llegó al estacionamiento y
pensó esta vez no me darán con el mazo.
Ya
por la mañana, no había despertador en su habitación, no hacía falta. Por alguna
razón ancestral el profesor se despertaba un poco antes que el sol ilumine su
ventana. Buscó los lentes, y fue a preparar el desayuno. Mientras preparaba
abrió su carpeta y anoto algo, una frase. Así comenzaban sus historias que
completaban sus largos y entretenidos discursos. Volvió a poner en la jarra el café, y lo
calentó un poco más, comió sus tostadas y mientras con las cucharas y migas
formó una sonriente cara en la mesa, le sonrió y terminó su desayuno y su frase.
En ese momento su esposa bajaba la escalera, lo saludó, ordeno casi
instintivamente la mesa, llevó las cucharas a la pileta y juntó tanta miga. Se
acercó, lo beso desde atrás, casi
en la oreja, solo hasta ahí llegó mientras se acomodaba para desayunar,
mecánicamente llevó sus ojos a la carpeta del profesor y leyó la nueva
frase.
–Tienes
razón, pero ¿querrán saberlo? –. Dijo ella mientras saboreaba el ardiente café.
– Conoces de alguna forma los miedos ancestrales, los motivos que nos trajeron
hasta aquí, somos hombre, y mujer, pero fuimos homínidos, simios. Pero no te
perdonan jugar así con los recuerdos –.
–La
espalda, nuestra columna vertebral es el secreto de nuestra evolución – dijo el
profesor – algún día el simio decidió pararse y ahí comenzó a cambiar la
historia –
–Pero no quieren saberlo, ayer te llegó la citación del jurado central – volvió a avisar ella – no quieren que sigas hablando, ayer vinieron dos guardias armados con un verificador de fe, un religioso de los que ayudan a asegurar la buena evolución de las creencias y su continuidad.
El
profesor no contestó, sabía que ella no tenía la culpa, salió presuroso, cerró
la puerta con firmeza, miró la mañana el sol salía lento, el fondo un vecino encendía la luz de su
habitación, algún perro corría en el parque, pero algo en él retumbaba de
recuerdos, no llegó a verlos, lo tomaron por la espalda, del golpe su carpeta
cayó al suelo, una hoja cayo extendida y se leía
“Nuestra
columna no esta preparada para caminar erguidos, pero alguna vez el simio
prefirió pararse para no ser bife de otras especies…”
GUI
11
de Noviembre de 2008
Guillermo Daniel Contreras