–En algún lugar hay
puertas– decía, y se quedaba mirando lejos a través de las ventanas con esos
ojos que yo amaba y temía, para regresar tiempo después a la serenidad de nuestros días allá en Barcelona. La
tarde caía sobre la avenida.
No se
porque recuerdo eso ahora, será porque la tarde cae lenta como entonces y yo
miro sin ver hacia Wernicke ensayando respuestas.
Es
difícil decir exactamente como nació la idea, probablemente de alguna especie de
impronta nacional, del desarraigo o de la voz de Carlitos Gardel vibrando de la
cubierta del barco: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van
marcando mi retorno...”
Volver, la palabra fue instalándose de a poco en nuestras conversaciones,
filtrándose como una gotera entre los relatos de las aventuras que emprendíamos
en la siempre difícil tarea de conseguir yerba para el
mate.
Volver, como una mancha de humedad, extendiéndose sobre las noticias del
Clarín o los mensajes de los amigos.
Carlitos cantaba cada vez con mayor intensidad. Fue así que vendimos las
cosas, asistimos a las despedidas y traspusimos el aeropuerto con apenas seis
valijas (apretado compendio de nuestra historia). Y siguió cantando cuando
aterrizamos por fin en un departamento ubicado en la esquina de Zeyen y
Wernicke, otra vez el colchón en el suelo a modo de alfombra
mágica.
Lo
que sucedió después fue confuso, como si una gran distancia se hubiera
interpuesto entre nosotros, él permanecía mucho tiempo en silencio y por las
tardes emprendía largas caminatas por Ciudad Jardín. A veces, yo lo
acompañaba.
Esa
tarde llegamos hasta Udet, bordeamos lo que una vez fue una quinta y al llegar a
Torrealday nos detuvimos. –Aquí– decía –dibujábamos pistas de autos de esquina a
esquina– y miraba fijo al pavimento como esperando encontrar alguna señal,
alguna marca de tiza que hubiera resistido al tiempo, alguna flecha que aun
marcara la dirección a seguir.
Cruzamos Matienzo y avanzamos por Boulevard Finca en dirección a la zona
de los edificios.
Carlitos seguía
cantando: “Pero el viajero que huye....” caminamos por Pensamientos, doblamos en
Paraísos, lo recuerdo bien, y después avanzamos algunas cuadras por Wernicke
bajo el amparo de los eucaliptus.
Él comentaba que
en otros tiempos los chicos se reunían a jugar a la pelota en estos terrenos y
que las construcciones apenas comenzadas se erguían como
esqueletos.
Tomamos una
cortada, a ambos lados del camino el césped lucía verde, las enredaderas se
entrelazaban formando figuras y el olor de los jazmines flotaba en el
aire.
Cuando llegamos a
nuestro edificio me adelanté unos metros,
a mis espaldas podía escuchar el sonido de sus pasos subiendo las
escaleras, ocho escalones exactos hasta el primer descanso y luego otros
treinta hasta nuestro
piso.
Pero cuando me
detuve y giré para verlo, para decirle que al fin estábamos en casa solo pude
entrever una sombra, un eco sordo, algo así como voces de niños jugando, el
repicar de una pelota golpeando contra las paredes, y después, el ruido de una
puerta que se cerraba para siempre.
Gladys Ines Gribaldo