Ruben Damore
Elegí la ventana que daba a la vereda, aquella
donde la claridad pugnaba por filtrarse entre el jacarandá, invadido de nubes
celestes en forma de flores y el paraíso que ya se encontraba listo para recibir
la nidada, como todas las primaveras, justo sobre la esquina de la Avenida
Pavón. Pero la tenue lluvia escondía al sol...
Una vez más entraba al café aquel...
Esa tarde lo redescubrí...
El decorado era típico, mesas y sillas de madera, desparramadas,
un mantel blanco cubriendo su totalidad, otro granate que lo cruzaba, cada una
con un florerito con jazmines frescos, servilletero y azucarera; dos ventanas
vidriadas, amplias, con vista hacia cada calle regalaban luz natural; en la
ochava una gran puerta de entrada... cuatro viejos ventiladores de techo color
marrón; un fuerte olor a café...
Al fondo del bar estaba el mostrador y el gallego detrás, casi
como parte del mobiliario, siempre ahí...
Me acomodé para esperarte. Miré el reloj de pared, por encima del
mostrador y debajo de un escudo de vaya a saber que lugar de España, casi se
adivinaba Lugo. Todavía estabas a tiempo de llegar.
Tantas veces vine a este café... Siempre me pregunté por su vida,
si tenía familia, si alguna vez cerraba, si tenía alguien que lo esperara para
contarle su día. Tenía cara triste, como resignado este querido
gallego.
La máquina de café dominaba gran parte del mostrador. A un
costado, bien al borde, la caja registradora, por el medio, diferentes bandejas
de medialunas, facturas, alfajores, pebetes... y... detrás del mostrador, entre
medio de dos hileras de botellas, justo en el medio, un centenar de
libros.
La lluvia de fines de un setiembre fresco, un dejo de melancolía y
la curiosidad contenida hicieron que me arrime a hablar unas palabras con el
gallego. No sabía que preguntarle, quise arrancarle palabras, quise sacarlo de
su mutismo... y me animé.
-Manuel, jefe, ¿lo puedo molestar?
Dejó de observar largamente la entrada del bar, me dirigió la
vista a mis ojos y luego cerró el libro que estaba leyendo, sobre el
mostrador.
-Sí, que sucede hijo...
-¿Le puedo elogiar su negocio?
Sonrió y vi sus dientes por primera vez. Sorprendido me
dijo:
-¿Oye, me estáis tomando el pelo? Desde el setenta y dos que no le
hago grandes mejoras... solo un poco de pintura y algunas mesas y sillas que se
arruinan... ¿qué es lo que te llama la atención? Dime... me
sorprendes...
-Su hálito, viejo. Hace ya bastante que vengo a su café y es
atrapante... es guardián de historias, de secretos, de lágrimas derramadas sobre
la vitrina, de cafés abandonados con la cuchara dentro, de amores encontrados y
amores olvidados... además tiene el clima ideal para reencontrarse con duendes
de la historia de esta ciudad, de un mundo un tanto lejano...
-Eso es verdad -me dijo emocionado- en un tiempo pensé en
transformarlo, modernizarlo, reemplazar paredes por vidrios... pero no, Carmen
me decía cuando me atacaban los apuros de renovación, ‘Manuel, ten calma,
cuida la historia, mantén siempre el gusto...’ y yo le decía que
actualizarlo traería más clientela y ella me respondía ‘no, estate atento a
la gente que es cliente ahora... ¿vuelven?’, sí, le respondí a ese planteo
simple y ella continuó, ‘entonces, sigue así, cuida lo que tienes, aléjate de brisas
renovadoras...’
Yo lo escuchaba y trataba de
imaginarla.
-Manuel, tenía razón Carmen... la modernidad....
-Como verás eres el segundo en decirme que le gusta mi bar, que se
siente cómodo... de más está decirte que eres un cliente de los de
siempre...
-Claro, si vende el café más rico... -sonrió y yo también-
...pero... ¿sabe Manuel que es lo que más me atrae, además de su artesano
capuchino?
-Y seguro que las medialunas que todavía hornea Javier, de aquí a
la vuelta... ¿sabes que me las hace especialmente para
mí?
-Además son riquísimas, es cierto, pero no, no Manuel, usted fue
un precursor... tener todos esos libros ahí...
-Fue también idea de Carmen. Dijo acertadamente: ‘prueba de
colocar libros, te los van a pedir. Los clientes siempre quieren más. Y si ven
libros, flaco favor le estarás haciendo a sus cabezas... se las estarías
llenando de magia’
-¿Así que también fue idea de ella? ¡Pero que bárbaro! y de acá
puedo ver que tiene ‘Rayuela’ y ‘Libro de Manuel’ de Cortázar,
‘La casa robada’ de Poe, ‘Retrato en sepia’ de la chilena Allende,
‘Las venas abiertas...’ del amigo Galeano, ‘Cien años de soledad’ de García
Marquez, ‘Los miserables’ de Víctor Hugo. ‘Ternura’ de Mistral,
‘Hojas de hierba’ de Whitman, ‘Pigmalion’ de Bernard Shaw, ¡¡de
todo!! y sigo... ¡mire que tiene títulos eh!... ahí, al lado de la caña Legui
descubro ahora como escondido ‘El fin de la historia’ de Heker, el gran
‘No habrá más penas ni olvido’ del gordo Soriano, ‘La muerte y la
brújula’ de don Jorge Luis, bien pegadito tiene algunos casi incunables,
hasta el reciente ‘Las viudas de los jueves’....
Manuel...
-Y...es que la lectura y el conocimiento abren caminos, te hacen
sentir un ave, eres libre...
Y yo seguí nombrándole los libros que alcanzaba a ver... y él se
sentía cada vez más complacido con el
reconocimiento...
-‘Santo oficio de la memoria’ de Mempo, ‘Ráfagas’ de
Guido y Spano, ‘Reflexiones sobre la verdad’ de Ghandi y tiene uno del
olvidado por estos tiempos, el valioso ‘Don Pedro y la educación’ de don
René Favaloro... y ya no sigo...
-Sabes, me pone orgulloso lo poco que tengo... es como que los
clientes, digamos que para mí no son clientes ni parroquianos... son como viejos
amigos que se invitan ellos mismos un café... y si vienen con tiempo y con
ganas, y además se quieren echar una leídita... y... ¿sabes tu? Clarín, Nación,
Página, Crónica, hasta el Olé... en fin, cada vez se pueden leer menos... cada
vez más basura, cada vez más vacíos... papel de periódico... papel
inservible...
-Es verdad... noticias feas, nefastas algunas... no dan ni
ganas....
-En cambio uno se mete algún verso de Don Pablo Neruda en la
cabeza y se va del café como
volando...
-Jaja ¡¡¡es verdad!!! ¡¡¡Manuel, pero usted es todo un poeta!!!
¡¡¡qué sorpresa!!!
-Oye... ¿y tu? ¿Qué te gustaría leer? Vamos, pide... te lo
facilito junto al capuchino... ¿hoy no viene tu amiga,
verdad?
-Ella me dijo que vendría pero hoy tampoco apareció... marche
entonces el capuchino y mándeme entonces algo romántico... Usted seguro conoce
de mis gustos... le doy la oportunidad de
sorprenderme...
-Vale, vale. Vaya a su mesa que ya te lo
alcanzo...
Por sobre su cabeza el reloj me avisaba que ya era hora que
llegaras... Mi celular no sonó en todo ese tiempo. Sabía que no podías
fallarme... La espera no sería inútil, pero estaba
inquieto...
(...historia incompleta...
¿continuará...?)
Me acomodé en la silla de madera, corrí un poco el florerito
blanco que abrigaba y alimentaba esos jazmines recién puestos, apoyé un poco el
hombro en el vidrio del bar, sentí el fresco y la humedad de la realidad que
pasaba por el otro lado, allá en la calle.
Volví a echarle una mirada a Manuel.
¿Qué sería de Carmen? La amaba y se notaba en el brillo de sus
ojos cansados cuando la nombraba. Noté que le caía el peso del tiempo pero
revivía cada vez que la evocaba...
De golpe sentí un sutil toque en la silla. Era Antonio, el viejo
mozo.
-A ver... ¿me permite? Gracias... ¿así que se estuvo regodeando
con las historias del gallego? Faltaba que le baile una muñeira... bah... a
veces recuerda a su querida España y se pone un poco melancólico el
viejo...
-Nada de eso, che. Fui yo quien se acercó al mostrador. Quise
conocer su biblioteca pública, aromatizada con el café de los
años...
-Bah, déjese de embromar... esos libros además de estar manchados,
roñosos... algunos rotos, otros escritos, tienen hasta párrafos subrayados vaya
a saber por quien... no... si los libros son para leerlos no para
prestarlos...
-¿Y qué quiere con el uso que tienen?
-Ya nadie pide libros... –dijo medio entristecido, acomodando la
taza y colocando el vasito petiso con soda –están en otra... que la minita, que
el celular... ¡¡¡¡el celular, viejo!!!
¿se da cuenta? Están pendientes de un mensaje, de una llamada, escriben
como si fuera una Olivetti en miniatura y con un dedo... ¡por Dios...!
-Bueno, es el método más moderno de comunicación entre las
personas... es una forma de...
-¡¡Déjese de joder que ya peina canas!!- casi gritando con algo de
bronca en la voz –La mejor manera que a uno le entiendan lo que quiere decir es
cuando las cosas se dicen a la cara y se lo mira a los ojos. Así estamos por
tanto chirimbolo en el medio, ¡por favor!; no me joda con boludeces de la
modernidad...
Me lo dijo y me di cuenta que era el mozo apropiado para este bar.
Era también como un mueble más dentro del negocio. No
desentonaba.
-A mí me parece una cosa útil, pero claro, no hay como los ojos de
las personas... es un espejo diminuto del alma, es como que uno adivina lo que
puede llegar a pensar el otro...
-Además, no me joda, un celular tendrá muchos colores, muchos
dibujitos pero... ¿hay algo más lindo que los ojos en un ser humano?-acotó el
mozo ya con la voz medio entrecortada...
Se lo notaba emocionado...
Enseguida cambió de tema. Aproveché para mirar sobre su hombro. El
viejo reloj me repitió que ya deberías haber
llegado...
De a poco iba perdiendo las esperanzas por reencontrarte una vez
más...
La soledad, la ansiedad, la tristeza me apretaron el
alma.
Estaba casi convencido de tu ausencia. Pensaba donde iba a tirar
todo lo que iba a decirte... a que bolsa que nadie recogería irían a parar mis
palabras... mis sentires.
-Oiga, no se haga muchas ilusiones... el bomboncito ése (¿quién le
habrá dado tanta confianza?) que viene a cafetear con usted de vez en cuando...
a confesarse, a cachetearse con poesías, a disfrutar de unos minutos de relax,
hoy, justo hoy lunes, no creo que venga... como ya pasó otros días, o ya no se
acuerda...
-Y por qué no? ¿cómo está tan seguro de eso,
che?
- Porque me enteré que hoy empieza las vacaciones, todavía tendrá
cosas pendientes de trabajo, porque estarán todos dándole vueltas a su
alrededor… ¿¿¿Sabe????....algunas
tardes ella viene, lo espera, usted no aparece, y ella de a sorbitos se
toma el capuchino que le sirvo, mirando con melancolía por la ventana…. de todas
maneras, juéguele unas fichas, quien le dice a lo mejor la ve entrar por esa
puerta
-Pero decídase viejo, para usted ¿viene o no
viene?
-Oiga maestro, no sea ansioso. Así no se llega a ningún lado. Lo
que quiero decirle es que el bomboncito (y dale con el bomboncito...) si tiene
un rato, se lo va a dedicar a usted, a hacer un clic en su sesera, a limpiarse
el alma escuchándolo, a que usted le ayude a descargar la mochila de su espíritu
inquieto, a desahogarse, a tomarse ese recreo que necesita de vez en cuando, a
sacarse esa mala onda para que usted opine y opine y opine... ¡¡¡Si se la pasa
opinando viejo!!!
-Es que soy así con las personas que quiero. Opino ¿y? bah bah...
vaya... ¿y? ¿me trajo ese libro que me prometieron?... No me diga nada, seguro
es 'Veinte poemas de amor y una
canción desesperada' de Neruda... se lo adiviné a Manuel mientras lo leía
sobre el mostrador ¿lo juna a don Pablo, no? – y ahí lo miré
desafiante.
-No. Quiero decir, no le traje ése pero al que nombró claro que lo
conozco... Don Pablo... pucha, fue un loco lindo que recorrió el mundo, ¿cómo no
lo voy a conocer?, tome nota: ‘Crepusculario’ fue el primero, ‘Fin del
mundo’ otro, el que más me gustó: ‘La rosa separada’ y la última
obra, póstuma, ‘Confieso que he vivido’... ¡qué grande este loco!
Me dejó perplejo tanto conocimiento...
-Además, para que sepa, la mitad de esos libros que están detrás
del mostrador los leí y la otra mitad... ¡¡los limpié yo!!
-Bueh..., al final, viejo, vive quejándose... ¿por qué no busca
laburo en otro café más moderno? Hay unos cuantos que tienen mucha luz, aire
acondicionado, música en inglés, plantas... más chick... ¡mucho de
todo!
-Y muchas caras cúlicas... de un lado del mostrador y del
otro...¡¡no me diga!! Además con Manuel estoy más que cómodo... es como si fuera
mi casa... si paso acá más tiempo que en mi cucha... a veces hasta me desconoce
mi propia perra cuando regreso...
-Ahhh se queja de gusto entonces... y... cuénteme... ¿se casó?
¿tiene hijos?
-Mejor ese tema no... otro día... con el gallego nos une la misma
fotografía de dolor... hoy no, en otra
oportunidad...
Y acomodó por enésima vez el capuchino, pasó la servilleta
espantando una mosca, levantó y bajó el florerito en un movimiento mecánico y me
dejó un libro a un costado antes de irse...
Abandonado por tu ausencia, tomé el libro, no quise leer ni autor
ni título de la obra... Descubrí que tenía un señalador en una hoja
determinada. Fui directo ahí. Abrí
el libro donde estaba señalado.
Y mientras revolvía y mareaba al café y la lluvia seguía
castigando al vidrio... leí:
“Tenía
yo dieciocho años de edad cuando el amor me abrió los ojos con sus mágicos rayos
y tocó mi espíritu por vez primera con sus dedos de hada, y Selma Karamy fue la
primera mujer que despertó mi espíritu con su belleza y me llevó al jardín de su
hondo afecto, donde los días pasan como sueños y las noches como
bodas.
Selma Karamy fue la que me enseñó a rendir culto a la belleza con
el ejemplo de su propia hermosura y la que, con su cariño, me reveló el secreto
del amor; fue ella la que cantó por vez primera, para mí, la poesía de la vida
verdadera.
Todo joven recuerda su primer amor y trata de volver a poseer esa
extraña hora, cuyo recuerdo transforma sus más hondos sentimientos y le da tan
inefable felicidad, a pesar de toda la amargura de su
misterio.
En
la vida de todo joven hay una "Selma", que súbitamente se le aparece en la
primavera de la vida, que transforma su soledad en momentos felices, y que llena
el silencio de sus noches con música.
Por aquella época estaba yo absorto en profundos pensamientos y
contemplaciones, y trataba de entender el significado de la naturaleza y la
revelación de los libros y de las Escrituras, cuando oí al Amor susurrando en
mis oídos a través de los labios de Selma. Mi vida era un estado de coma, vacía
como la de Adán en el Paraíso, cuando vi a Selma en pie, ante mí, como una
columna de luz. Era la Eva de mi
corazón, que lo llenó de secretos y maravillas, y que me hizo comprender el
significado de la vida.
La primera Eva, por su propia voluntad, hizo que Adán saliera del
Paraíso, mientras que Selma, involuntariamente, me hizo entrar en el Paraíso del
amor puro y de la virtud, con su dulzura y su amor; pero lo que ocurrió al
primer hombre también me sucedió a mí, y la espada de fuego que expulsó a Adán
del Paraíso fue la misma que atemorizó con su filo resplandeciente y me obligó a
apartarme del paraíso de mi amor, sin haber desobedecido ningún mandato, y sin
haber probado el fruto del árbol prohibido...
Hoy, después de haber transcurrido muchos años, no me queda de
aquel hermoso sueño sino un cúmulo de dolorosos recuerdos que aletean con alas
invisibles en torno mío, que llenan de tristeza las profundidades de mi corazón,
y que llevan lágrimas a mis ojos; y mi bien amada, la hermosa Selma, ha muerto,
y nada queda de ella para preservar su memoria, sino mi roto corazón, y una
tumba rodeada de cipreses. Esa tumba y este corazón son todo lo que ha quedado
para dar testimonio de Selma...”
Cerré el libro, se titulaba ‘Alas rotas’ de Khalil Gibran.
Levanté la vista hacia el mostrador.
El gallego, con orgullo ibérico me miró, levantó el pulgar derecho
y con el índice de la otra mano, apuntó la puerta...
Devolví el saludo como agradeciéndole la complicidad... el regalo
inesperado...
Me guiño un ojo, sonrió...
Y en eso, te vi llegar...