Principio |
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Una serpiente de fuego vino del poniente, ojos azorados la
contemplan, fatídica estela de
sangre, bajo tu cruel
reflejo enmudeció la
tarde. No era Quetzalcoatl
que regresaba ¿Cómo fue que no lo
vimos? ¿O fue tal vez que
el cielo inexorable ya había trazado la
ruta del destino? Tres cabezas arrojan
sus centellas, (rayo y
trueno) de carmesí se tiñen
los altares, Los guardianes del
tiempo atesoran la memoria,
contabilizan los
días. Una serpiente gira,
saben los hombres que la noche larga
se aproxima. No era Quetzalcoatl
que regresaba, no eran de flores y
frutos sus vestidos. La brisa atardecida
exhala su lamento, de norte a sur
vuelan las noticias, breves destellos, el
eco de las voces que los ríos
recogen, suspendidas sobre la
seda del agua como luciérnagas
asombradas, y desembocan en el
ancho mar de la memoria. Gira la rueda con
sus nacimientos, con sus muertes
precoces, sus designios. No era Quetzalcoatl
que regresaba, “(una Serpiente
Emplumada, un dios con alas, se
parecía a un ángel.) Si lo
tocas...” Hubo quien vio a los
ángeles danzando entre la
hierba. Con música de
pájaros el grácil movimiento
de los pies descalzos. El aire
tibio poblando de perfumes
la sinfonía de la tarde, las mazorcas de
maíz henchidas de oro y
luz estallando. Dioses de piedra
sostienen el peso de los siglos. Algo empieza, algo
termina. Luz y
sombra la danza de los
días. Otra vuelta
más, gira la
rueda. Una historia se
escribe, una se oculta, voz y
silencio la danza de los
días. Algo nace, algo
muere, queda el recuerdo o
el vacío. Todo
gira. Dolor o
alegría sueño o
vigilia, ríos azules que
vamos remontando mientras todo
gira. |
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Gladys Ines Gribaldo
