La selva se
extendía
con su universo de ríos y
canales,
con su territorio
inexplorado,
su melodía de pájaro y
cururú.
La selva como una gigantesca hembra fecundada,
exuberante y temible,
insinuaba su misterio, su promesa de
amor.
Con su vientre poblado de habitantes
nocturnos,
de dioses, peligros y
acechanzas,
también ofrendaba la
esperanza.
Y sus hijos navegaban por los recovecos de su
cuerpo verde
en febril peregrinar por senderos
acuosos,
ataviados con plumas y amuletos
como aves
silvestres.
Las noticias llegaban desde el
norte,
el río bajaba cargado de oscuros
presagios,
en sus aguas se
leía
del oro y la
codicia,
de las fauces hambrientas de otros
hombres,
del hierro y de la
muerte.
La selva los cobijó
en los pliegues sinuosos de su
cuerpo,
no fue
bastante,
y los
dioses,
que conocían la acuática
naturaleza
de los hombres cantores de la piel
dorada,
de los buscadores de la tierra sin
mal,
de los adoradores de los Payé del
monte,
de los hermanos de los peces y los
pájaros.
Y los dioses, más entrometidos de otros
tiempos,
les regalaron la metamorfosis de sus
cuerpos
de oro.