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AQUELLOS QUE SUBEN LAS ESCALERAS |
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Un
policial era la propuesta de esa pantalla en blanco, y sin embargo no había palabra que iniciara la historia, sólo mí alma oscura y el deseo de arrojarla sobre el escritorio. Entonces, tal vez, una mancha salpicara el blanco, sería ahora grisáceo ceniza de consistencia mucosa, y el hedor del cigarrillo apagado en jugos gástricos de pizza y coca cola inundaría la
habitación. O una
historia de terror, como la pesadilla que me empujó de la cama y me sentó frente a la computadora. Yo estaba parado en un amplio jardín mirando las paredes de una construcción colonial de dos pisos. Eso hacía y no pensaba en nada cuando un movimiento llamó mi atención. Por una de las ventanas se veía el rellano de una escalera en el interior de la casa, y por él pasó mi novia, y detrás de ella, tan cerca que la acechanza parecía molesta pero sin que ella percibiera la presencia del cuerpo que la seguía. Aristocrática, de principios del siglo XX era su vestimenta, aunque su opacidad parecía irreal. En su rostro cargaba La expresión grave y la calvicie lo presentaba como un apuesto y ocupado hombre de cuarenta y cinco
años. Desperté
sintiendo el aire helado de la madrugada azotando mi torso desnudo (y seguramente ese frío invadió mi cuerpo justo antes de que acabara la pesadilla), sin embargo, no tuve intención de recoger la frazada. Permanecí inmóvil con la imagen clara de la muerte subiendo las
escaleras. Recordé la historia que contara Tania (de cuyo juicio no dudo), del juego de la copa y la copa sacudiéndose a un lado y otro del tablero, y el dedo de las quinceañeras y sus cuerpos de pie e inclinados sobre la mesa para no perder el rumbo de la copa y que esta no
cayera. La copa indicó que allí, en el cuarto de una de las cinco amigas, se hallaba Lucifer. Dijo, a través de la copa, que dejaran de molestarlo, y la fuerza y el modo en que se movía marcaba el énfasis de la
exigencia. El horror deformó el rostro de las niñas pero ellas no levantaron la vista en busca de la compañía de otra mirada, porque ninguna dudó que allí estaba el mismísimo Lucifer, y sino, un espíritu que por él se hacía pasar, y fuera quien fuese, sabían que si quitaban sus dedos de la copa y si ésta caía, el espíritu sería liberado allí. Las niñas ahora se
observaban entre sí sin hablar, no se preguntaron quién movía la copa porque temían la respuesta y preferían guardar la esperanza de que alguien lo hizo, muy
hábilmente, pero una persona de carne y hueso, viva. La copa, luego de trazar líneas rectas sin deletrear palabra alguna, bruscamente comenzó a dibujar círculos hasta que por algún desnivel o por alguna otra razón, rodó por la mesa. Intentaron hablar sobre sus
compañeros de escuela, pero esta vez la mención de los niños que tanto les gustaban no fue acompañada por risas, susurros ni rubores. Muy por el
contrario, hablaban en voz muy alta, y alguna ellas, y hasta la niña que vivía en la casa, la consolaba pensar que los padres entrarían en la habitación y luego de retarlas las
acompañarían por el largo pasillo hasta la puerta de la calle. No ocurrió esto ni se prolongó más la charla sobre niños ni ninguna otra, entonces el silencio del viento y los árboles y los ladridos de los perros
callejeros,
ese
silencio
y
la
presencia
de
la
copa
en
la
habitación apresuraron la partida a casa. Muy pegadas unas a las otras
atravesaron el estrecho pasillo a cielo abierto, y la calle vacía e inmóvil fue una grata sorpresa al abrir la puerta. Más
tranquilas intercambiaron algunas sonrisas antes de partir. Tania y la niña de la casa se demoraron un momento acordando juntarse a la salida del colegio, y cuando la mejilla de una rozaba los labios de la otra se oyó un grito y algo golpeó el hombro de Tania
arrojándola sobre su amiga. Cuando levantaron la vista pudieron ver, un momento antes de que doblara en la esquina, a un hombre alto, calvo, cubierto con un sobretodo negro que ocultaba todo su cuerpo.
Permanecieron abrazadas con la vista fija en la esquina. Cuando
regresaron las otras tres niñas, Tania las increpó por actuar tan cobarde e infantilmente. La niña de la casa las increpó por egoístas, por chocarlas y dejarlas allí. -
¿Lo vieron?- respondió
una sin hacer caso. -
Sí, ¿Y? -
Pero ¿Lo vieron? -
Sí ¿qué tiene de raro? Un tipo de negro caminando a la
madrugada…- dijo Tania sin convencerse a sí misma. -
Con una copa en la mano. Todas las niñas, las que habían corrido y las que no, las que vieron la copa y la que ahora se
enteraban, sintieron esa vulnerabilidad de estar en medio de un juego de dioses y diablos, donde el azar lo es todo y el hombre tan poco. Esa
vulnerabilidad cuyo descubrimiento parece capaz de matarnos por sí mismo. Pocos días después,
regresando de la casa de la misma amiga, Tania y Laura se horrorizaron nuevamente
al ver colgar un cuerpo de un árbol. La
perversidad de aquella imagen era ajena al acto del hombre y solo podía exhibirse en la soledad de la noche, a pocos espectadores
seleccionados con fines inciertos. El cuerpo era del tamaño de un humano de gran altura y
contextura física, pero había algo monstruoso en sus
extremidades. El cuerpo estaba abierto a la mitad, del cuello a la ingle. Las niñas prefirieron pensar que se trataba de un perro. La mañana siguiente el cuerpo ya no estaba allí. Los abuelos de Tania son de origen
correntino, ambos muy bajos de estatura, Don Tito de larga barba blanca, afable, que disfruta las navidades disfrazado de Papá Noel. Don Tito solía escaparse de su casa en Buenos Aires, y aún lo hace, para marchar solo a su pueblo natal, casi sin aviso y por tiempo
indeterminado. A finales de la década del 80, el Gobierno provincial le cedió un pequeño terreno fiscal. Albañil de oficio, aún jubilado Don Tito se despierta temprano para hacer una pieza más, agrandar el garage o levantar una nueva pared. Construye como los niños hacen castillos de arena, y de ese modo, en aquel terreno levantó una casa de dos pisos sin
destinatario. Fue a mediados de los 90 que toda la familia Fernández viajó a
Corrientes en la camioneta del abuelo. Tania, creo yo, tendría doce u once años, y Sofía, su hermana, cerca de siete. A ellas les tocó dormir juntas en una habitación de la planta baja. El terreno es inmenso en las
dimensiones en que un porteño pueda imaginarse el espacio, sin embargo, sus
doscientos cincuenta metros cuadrados no eran las tierras más deseadas. Alejado de la ruta y de la plaza del pueblo, y en tierras bajas vulnerables a la subida del río, el peor mal que se le solía atribuir era su cercanía con el
cementerio local. Tania y su familia sabían de esta cercanía y lo comprobaron al ver sobre el muro que cercaba a los muertos, desde una
habitación vacía del primer piso. Los adultos
continuaban sentados a la mesa cuando las niñas se fueron a su cuarto. Jugaron un rato antes de acostarse y apagar la luz. Ninguna de las dos estaba cansada ni intentaba cerrar los ojos, sólo
disfrutaban de estar tiradas allí, los colchones sobre el piso mirando la habitación de luz tenue, iluminada con el brillo de la luna. La ventana abría la vista a un cielo plagado de todas aquellas estrellas que se enseñan en los manuales, acostadas como ellas estaban, y a un campo
inabarcable y solitario si se observaba de pie. El grito de Sofía
estremeció a Tania, que irrumpió en llanto. Los padres entraron en la habitación y detrás de ellos entró Don Tito y la abuela Nilda. Sofía había visto una vieja pasar por la ventana,
lentamente, harapienta,
arrastrándose silenciosamente hasta
desaparecer. Tania creyó ver una sombra desaparecer tras la ventana, pero estaba segura que se trataba de la vieja. Los adultos las
tranquilizaron, aunque nadie negó lo dicho por las niñas, y ellas durmieron el resto de las noches en la misma habitación que sus padres. La mañana
siguiente, sin avisar a las niñas, los padres fueron a comprobar lo que Don Tito había asegurado: junto a la ventana hay tres metros de la tierra
completamente ocupados por herramientas y
maquinarias del abuelo, un metro más allá se extiende el alambrado y tras él los campos inabarcables. A pesar de contarme estas
historias, Tania aseguraba que no creía en fantasmas, e incluso, lo decía luego de contarme que cuando tenía dieciséis años, una noche cuando toda la familia dormía, sintió que un cuerpo
aprisionaba sus miembros contra la cama y cuando quiso gritar desesperó aún más al descubrirse
repentinamente muda. O también por aquellos días, cuando sentía que alguien se sentaba a los pies de la cama o cuando sentía algo en el aire, en su cuarto. Luego dejó de ocurrir. “Una historia de terror”. Otra vez siento el aire helado
azotándome, ahora sentado al escritorio,
atravesando mi campera de abrigo como si nada
alcanzara, sólo la hoguera. Interrumpido por la tos que irrumpe
violentamente, que ahoga, dobla el cuerpo, retuerce mis tripas y acaba en un escupitajo en el cenicero, escribo
nuevamente retazos de fantasmas sin una historia comprensible. Al despertar permanecí inmóvil. Luego,
involuntariamente, recordé aquellas historias, temblé primero y cerré mis párpados con fuerza, luego transpiré de temor al sentir un roce en mis piernas. Giré sobre mí y abracé el cuerpo helado de Tania y ella no se movió. Deseé que
despertara y me abrazara. Observé su rostro de cerca e intenté
recordarla subiendo las escaleras. ¿Sonreía? ¿Estaba feliz? ¿Giró un momento para
observarme o yo lo imaginé? Me puse en pie y me senté frente a la
computadora, dispuesto a digerirlo todo con el teclear insomne y su mano acariciando mi cabello. Pero el
cigarrillo nuevamente se atragantó en mi garganta y fue lo único que
estremeció mi cuerpo, y en otra escupida se me fue otro pedazo de alma, apenas salpicando el blanco.
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