|
|
Los muchachos del taller
A los altibajos de los pechos de Olguita, que se
bamboleaban como peras maduras, en los atardeceres del barrio, los
muchachos del taller suspendían el trabajo y salían todos a mirar
para la calle donde ella aparecía normalmente;
consciente que la estaban esperando para admirar su
delantera, se ponía una remera bien ajustada, apretaba su cintura
con un ancho cinto elástico, que resaltaba aún más su busto, y
doblaba por la esquina, haciéndose la tonta.
Felipe, el más joven y atrevido de todos
nosotros, un día no resistió la tentación, y en lugar de estar en el
taller, se fue una hora antes, pidiendo permiso para llevar a su
madre al médico, llegó a la casa, tiró la bicicleta contra el cerco,
se sacó el mameluco y se zambulló en el baño, se afeitó, se perfumó,
se puso la camisa blanca de los domingos, salió a los tropezones,
antes que se le haga tarde, al paso cortó las mejores rosas del
jardín de su madre, subió a la bicicleta y salió como chifle; llegó
justo a tiempo: a dos cuadras venía Olguita bamboleando sus pechos,
con un escote que dejaba ver casi hasta el pezón, Felipe se puso
rojo, verde, amarillo y se secó la transpiración, cuando la tuvo
enfrente se quedó mudo, ella lo sacó de su estado con un saludo más
dulce y amable que de costumbre, ¿ dónde vas tan elegante? Le dijo
sorprendida, con un suspiro, él retomando el aliento, y
tartamudeando le dijo: a darte estas rosas, que están tan lindas y
pensé que te gustarían, y quería invitarte al cine, dan una
película que creo que te va a gustar.
Se alejaron caminando hasta perderse en el atardecer
de la calle, con el horizonte rojo de vergüenza, mientras nosotros,
los muchachos del taller, nos quedamos mirando, sin poder entender
como hizo Felipe para llevarse a Olguita.
|
|
La fuga
Las tres mujeres estaban impacientes, esa tarde tendrían una
visita muy esperada: La tía Mary, que en realidad no era tía de
nadie, pero así la llamaba Pierina; habían arreglado todo con muy
buen gusto y escasos recursos, a no ser por la reja en la puerta,
aquella celda parecía un agradable departamento. Ellas se habían
hecho amigas a la fuerza, obligadas a compartir ese lugar para
purgar sus culpas, tenían ciertos privilegios por buen
comportamiento.
Pierina Goñi: Procesada por estar implicada en robo y
homicidio, incitada por su novio,
al que odiaba y no quería ver por el resto de su vida, tenía
un hijo de diez años.
Marcia Ríos: Condenada a cadena perpetua, por matar a su
bebé recién nacido, tenía una hija de seis años; era la más jodida,
resentida, odiaba a medio mundo, había que tomar las palabras con
pinzas para hablarle y en lo posible evitarla.
Esterlina Dalmacio: Condenada a tres años, por tráfico de
drogas, igual que su novio, que estaba en otra cárcel obviamente;
sufría de miopía progresiva, pero era la única feliz, la llevaban a
visitar a su novio, faltaba poco para cumplir la condena, tenía
planes.
¿Te acuérdas que parecida a vos que es la tía Mary? Preguntó
Pierina dirigiéndose a Marcia, que respondió con una fría mirada,
claro que lo recordaba, pero su plan no admitía confidencias,
pensó y recordó la patente del auto de Mary: RIO-013 Gol
blanco,
¡Todo perfecto! Tenía el éter que se robo en la enfermería,
cuando fingió estar descompuesta.
El reloj dio las dieciséis y llegó la tía, muy coqueta con
una pollera larga, tacos, un chal y anteojos de sol, que bien estás
dijeron las otras dos y Marcia pensó: Perfecta. Les trajo regalos,
sobre todo materiales para sus labores, se fue la hora volando y la
guardia vino por
Esterlina, me disculpan chicas, pero Coco me espera, Pierina
se fue a traer unos rabanitos y Marcia aprovechó: el momento justo,
ahora o nunca, la tía fue al baño, Marcia empapó un trapo con
éter , se metió en el baño y le tapó la boca con el anestésico, la
arrastró a la cama, le sacó la pollera, los tacos, le vació el
frasco de éter y la tapó bien, se vistió rápidamente, tomó el chal y
los lentes; fingió que se ahogaba de tos, para señalar la cartera y
las llaves, ya en la guardia dijo roncamente: Mary López, le
entregaron el documento y salió lo más pancha, ya en la calle lo
vio: allí estaba el Gol blanco, cuando giró la llave creyó abrir las
puertas del Paraíso, ¡Que sensación bárbara! Tubo ganas de apretar
el acelerador a fondo, pero era necesario no llamar la atención,
sabía que iban a buscar el auto, ¿cuánto tardarían en descubrir a la
tía en su cama o cuánto tardaría ella en volver en sí ? Pensó rápido
tengo que sacar un pasaje y bajarme en cualquier pueblo, ahí nomás
estaba la terminal, tenía documento, plata, dejó el auto entre unos
matorrales y salió corriendo, tan concentrada en sus planes, cruzó
la ruta y no vio el camión que terminó con su vida; la llevaron al
hospital y llamaron a la familia, según sus datos.
Recién a la noche Mary reaccionó, contó lo sucedido y la
atendieron en la enfermería, volvió a su casa con ropa que le
prestaron Pierina y Esterlina, y al llegar a su negocio vio un
letrero en la puerta: Cerrado por duelo. Una vecina que salía por la
puerta del costado al
verla se desmayó.
|
|
El viaje de Giovana
Corría el año 1990, en Argentina, Giovana
descendiente directa de italianos, pasaba uno de los peores momentos
de su vida, sin trabajo, sin un mango y para completarla su madre
enferma y vieja.; una amiga la llevó a ver una vidente y ésta le
dijo que pronto viajaría a Europa, ¡qué ridículo!, pensó Giovana,
justo yo. Su padre había estado en la guerra y por lo tanto, pensó
que a su madre le correspondía una pensión, por esos trámites se
comunicó con sus tías Antonieta y Doménica, las que se mostraron muy
interesadas en conocerla, así empezó a soñar con el viaje, al poco
tiempo falleció su madre, ya no había nada que la retuviera en
Argentina.
Las tías le mandaron el pasaje y un dinerillo, que
con el cambio resultó una miseria.
Así fue que en 1991 llegó a Verona, Veneto, con dos
mangos, que no le alcanzaron ni para un taxi; cuando las tías la
vieron, quedaron sorprendidas con el parecido que Giovana tenía con
su abuela paterna, sobre todo la mirada, con razón cuando nació, su
padre dijo: tiene los ojos de la mama y le puso su nombre. Allí pasó
diez días y luego otros diez de lava platos en la tractoria de su
primo Nerio Nomi; de allí pasó a cuidar una dulce anciana, llamada
Rafaella, pero esto le duró sólo un mes, pues se la llevaron sus
hijas.
La revista “ La familia cristiana” con ofertas
de trabajo, la ubicó en Udine Friulli, para cuidar un anciano
hemipléjico , que era de Cortina D´Ampezzo, muy culto y buena
persona, sabía cinco idiomas: alemán, inglés, francés y dialetos
ampezzanos, de los que Giovana aprendió bastante; solían
pasear por Austria, o ir a Tirol a merendar con exquisitas tortas
artesanales.
Allí pasó tres años y medio, hasta que el anciano
falleció.
Pasó luego a cuidar una dama con mal de Alzehimer,
María, esos fueron seis años terribles,
Giovana se enfermó y tuvo que dejar ese trabajo.
A todo esto Giovana ya estaba en edad de jubilarse, y
consiguió su jubilación, gracias a eso pudo alquilar un departamento
en San Remo, Imperia, y siguió cuidando ancianos y enfermos, pero en
forma espaciada.
Hasta que la nostalgia la invadió, y decidió volver a
su pueblo, donde estaban todos sus afectos, su familia, sus
amigos…
Habían pasado dieciocho años, algunos ya no estaban,
pero había tantos que la recordaban y la saludaban por las calles,
¡Qué alegría estar de vuelta! Si fue hermosa la aventura de irse a
Italia, mucho más lo era estar de vuelta, por ahora, nunca se sabe
cuánto aguantará su espíritu de nómade, sin salir a trotar por el
mundo.
Tal vez de Italia, de allí, de la Liguria la llamen
sus ancestros, o el alma de su abuela paterna que anida en su
cuerpo, tal vez extrañe el suelo natal y ansíe volver, tal
vez…
|
|
Memorias de una niña
Centenario, verano de 1948.
Las calles de tierra están más polvorientas que nunca, el
calor es sofocante, pero fuimos con gusto a lo de la tía Eloisa con
mamá, aprovechando que mi hermanita duerme, es ahí nomás pasando el
puente de la farmacia Fittipaldi, oí que mamá le decía a la
tía, que mi hermana se salvó gracias al doctor Burd, que venía en
pleno invierno, a las cuatro de la mañana, a ponerle la inyección;
por suerte lo tenemos, sino mirá la abuela, si no fuera por la
Margarita Rapi que viene a cualquier hora a inyectarla, cierto, dijo
mamá, yo salí al patio y veo la abuela Dolores tejiendo bajo el
parral, se puso contenta de verme, y me regaló una caja de zapatos,
llena de ovillitos de lana, como huevitos de todos colores, dijo que
los había guardado para mí, ¡qué tesoro me dio! Esos fueron mis
primeros tejidos, el abrigo de mis muñecas y mis recuerdos más
queridos.
De regreso mamá me compró unos caramelos
en el bar de Benítez, que atendía la tía Trini, ¿qué aparato es ese
que hay frente del bar? Pregunté, es un surtidor, dijo mamá,
¿y para qué sirve?, para ponerle nafta a los autos, ¿qué es un auto?
Un carro con motor, ¿y no precisa caballos, como el camión de papá y
el de tío Valentín? Eso dijo, mamá, papá dice que esos camiones
sobraron de la guerra, ¿por qué hay guerra? Porque hay gente
envidiosa y egoísta que le quiere quitar las tierras a otros,
como a los indios de acá, los indios son buenos, ¿te acordás cuando
el tío agarró un peludo y se lo di al cacique Pañalef, en una lata y
él me dio un paquete grande de caramelos? Si, a mi me gustan los
caballos, como el del lechero Don Esterling, Don Rebolledo, que trae
la carne, Gunzelman el sodero y toda la gente que viene al
pueblo con la chata de caballos, los vi en lo de Corbera, cuando
cargaban las bolsas de harina, maíz y otras cosas y escuché que
algunos no pagan con plata, traen pollos, huevos leche, verduras y
frutas.
Cuando pasamos por la iglesia mamá se hizo la señal
de la cruz y yo también, está nuevita, ¡ qué linda! Dijo mamá que la
hicieron entre todos, ¿y quién vive en ella? Por ahora Dios pero es
de todos, y viene el cura de Neuquén los domingos, algún día
tendremos un sacerdote en el pueblo, pasaron cuarenta años y llegó
el padre Stábile.
Llegamos a casa, el Zambo dormía en la viruta de la
carpintería, pero en eso pasó el juez De Vequi en la moto, y salió
el perro a correrlo, como siempre, hasta que un día amaneció muerto,
envenenado; Filomena estaba lavando en el patio, la tía Teresa
cosiendo en la galería y Carmen haciendo brasas para la plancha,
mientras leía la Radiolandia, todavía no hirvieron la leche,
protestó mamá, se lo pasan pensando en la ropa para los bailes de
carnaval,; yo seguí con mi repostería de barro, adornando con
hojitas y piedritas mis tortas, ¡quedaron
preciosas!
De pronto el gran alboroto: llegó el tío Jorge en su
viejo Willy, con los abuelos, para quedarse unos días, por lo visto,
se armaron la carpa debajo del sauce llorón, el abuelo Víctor
trajo la guitarra y la abuela Rosa se puso a hacer empanadas, papá
encendió el farol; para mi hermana y para mi aquel acontecimiento
era una fiesta, y por si fuera poco, la abuela me trajo la cartera y
una caja de lápices de colores, para cuando fuera a la
escuela.
A la noche fuimos al corso, que se hacía en la calle
principal, nos sacaron fotos en lo de Ricardo de Bortoli, ¡estuvo
buenísimo : el Picho Della Gáspera (el panadero) se disfrazó de bebé
y tomaba cerveza en la mamadera, había carrozas que eran jaulas de
monos, otros disfrazados de toro y el mejor de todos, Enrique Della
Gáspera, de pato Donald, le sacábamos las plumas de la cola y él nos
corría parpando.¡ese corso fue inolvidable!
En 1950 inauguraron el monumento a San Martín, en la
plaza, dicen que hace cien años que murió, y que fue el libertador
de América; la plaza ya no será un pichanal, ahora se llama plaza
General San Martín.
1951 fue un año muy importante para mi, empecé a ir a
la escuela, son dos piezas de adobes, se llama 109 y mi maestra
Angélica Salazar, la escuela es chiquita pero muy linda y la
queremos mucho porque es nuestra escuela, y está la bandera que creó
Belgrano, al lado hay muchos hombres trabajando, están haciendo una
escuela muy grande de ladrillos.
Hay gran revuelo en el pueblo, el diecisiete de
agosto (justo el centenario de la muerte de San Martín )llegó un
señor que se llama Juan Da Ros (Nani) es amigo de papá y el
diecisiete de octubre empezaron a hacer las instalaciones
eléctricas.
Papá compró una radio y una plancha , pusieron
luz en todas las piezas y alumbraron las calles del pueblo.
¡Fue un espectáculo increíble!, esto es el progreso, dijo
papá.
Después pasaron muchas cosas más, pero aquel acontecimiento
fue un cambio en el modo de vida, ahora nos parece lo más normal las
comodidades y nada nos causa aquel asombro de ver convertirse el
desierto en ciudad: hoy un sueño hecho realidad.
Tesoros guardados en la memoria de mi niñez, que son parte
de la historia de mi pueblo.
|
|
Nélida Laurent
elateneonelidalaurent@hotmail.com
| |