En las madrugadas, cuando salgo para la obra, camino
al tren, siempre se me acerca un viejecito muy amable y humilde que
me dice que si hoy soy bueno voy a ganar el cielo. No me atrevo a
contestarle ni a contradecirlo. Me gusta su charla, buenos modos y
la colonia que usa. Espera en el andén a que mi tren se vaya y me
saluda agitando la mano, como un padre despidiendo a su hijo que va
para el colegio.
Todos los medio días, cuando paro a comer mi
almuerzo en la plaza que queda de camino a mi segundo trabajo,
siempre se me acerca un joven muy bien vestido. De impecable traje
azul y diferente corbata de seda cada día. Mientras como y camino,
me va señalando mujeres hermosas y automóviles deslumbrantes,
me habla de paradisíacos parajes y manjares inimaginables, dice que
todo podría ser mío si cometo inequidades y bajezas. No me atrevo a
contestar, no me gusta hablar con la boca llena y no tengo tiempo de
detenerme, así que cuando llego a la fabrica, cortésmente lleva su
mano a la frente y con una reverencia se despide hasta
mañana.
Por las tardes casi noche, yendo para la pizzería
donde me gano unos extras lavando platos, tengo tiempo de mirar un
ratito la calle. Pero cuando salgo de la pizzería de regreso a mi
casa, río por dentro imaginando a Dios y al Diablo contándose lo
cerca que han estado de ganar mi alma y jurándose que al día
siguiente lo lograran.
Pobres. Me dan lastima. Pero quien soy yo para
negarles esa ilusión. No se dan cuenta que con tres trabajos y tan
poca plata no puedo darme el lujo de ser ni bueno ni
malo.